Adiós a la leyenda: fallece a los 96 años la icónica estrella del cine de oro mexicano
Ana Luisa Peluffo, una de las actrices más emblemáticas y queridas de México, falleció en la tranquilidad de su rancho en Jalisco, rodeada del cariño de sus seres más cercanos. Su partida, anunciada con un mensaje lleno de gratitud y serenidad, deja un vacío en la cultura nacional, pero también un legado imborrable que trascendió fronteras y generaciones. Los servicios funerarios se llevarán a cabo en la intimidad, respetando su última voluntad, mientras el mundo del espectáculo y sus admiradores rinden homenaje a una vida dedicada al arte.
Nacida el 9 de octubre de 1929 en Querétaro, Peluffo no solo fue una figura clave del cine, la televisión y el teatro mexicano, sino también una pionera que desafió los límites de su época. Con una carrera que abarcó más de siete décadas, su nombre quedó grabado en la historia con más de 200 producciones, desde sus inicios en los años 40 hasta su retiro de los reflectores. Su debut en la pantalla grande llegó en 1948 con *Tarzan and the Mermaids*, una película estadounidense filmada en las paradisíacas playas de Acapulco, donde su talento comenzó a brillar ante audiencias internacionales.
Pero su versatilidad no se limitó al cine comercial. En 1977, Peluffo demostró su profundidad artística al protagonizar *Flores de papel*, un filme que la llevó al prestigioso Festival Internacional de Cine de Berlín, consolidando su reputación como una actriz capaz de transitar entre géneros y públicos. Su presencia en circuitos cinematográficos de élite no fue casualidad: cada papel que interpretó, ya fuera en melodramas, comedias o cintas de autor, llevaba el sello de una profesional comprometida con su oficio.
Más allá de los premios y los reconocimientos, lo que realmente definió a Ana Luisa Peluffo fue su capacidad para conectar con el público. Su carisma, su elegancia y esa mezcla única de fuerza y sensibilidad la convirtieron en un ícono popular, pero también en una artista respetada por la crítica. Generaciones enteras crecieron viéndola en la pantalla, ya fuera en clásicos del cine mexicano o en telenovelas que marcaron una era. Su voz, su mirada y su presencia escénica eran inconfundibles, y su influencia se extendió incluso a quienes nunca la vieron actuar en persona, gracias a la permanencia de su obra en la memoria colectiva.
En un medio donde la fama suele ser efímera, Peluffo logró algo extraordinario: permanecer relevante a lo largo de los años, adaptándose a los cambios sin perder su esencia. Su trayectoria es un testimonio de resiliencia y pasión, pero también de humildad. A pesar de su estatus de leyenda, siempre mantuvo un perfil discreto, alejado de los escándalos y centrado en lo que realmente importaba: el arte. Quizá por eso, su despedida ha sido recibida con tanto dolor como admiración. No se trata solo de la pérdida de una gran actriz, sino de la partida de una mujer que encarnó la grandeza del cine mexicano en su máxima expresión.
El comunicado emitido por su familia cierra con un mensaje que resume, en pocas palabras, lo que Peluffo significó para millones: *”Su recuerdo permanecerá vivo en quienes la conocieron”*. Y así será. Porque figuras como ella no mueren; se transforman en leyendas, en referentes, en esa luz que sigue guiando a quienes creen en el poder del cine para emocionar, conmover y trascender. México pierde a una de sus hijas más ilustres, pero el mundo gana el privilegio de haberla tenido.











